El miedo es un mecanismo natural de nuestro organismo que nos ayuda a detectar amenazas, protegernos y huir de ellas. Hay dos tipos de miedos: instintivos y aprendidos.

Los temores instintivos los heredamos de nuestros antepasados cavernícolas y siempre los tendremos: temor a las arañas, a las serpientes, a los truenos, a la oscuridad.
Sin embargo, muy pocos de nuestros miedos son instintivos. La mayoría de nuestras respuestas de miedo las aprendimos a lo largo de nuestra vida.

Si siendo niño experimentaste un evento doloroso -pasar frente al salón de clases y ser humillado por el maestro, por ejemplo- nuestro cerebro pondrá un esfuerzo mayúsculo para recordar ese evento. Así, la próxima vez que haya la posibilidad de hablar en público tu cerebro se encargará de mandarte una señal de advertencia: “¡hablar en público duele, es peligroso!”

Aunque nuestra supervivencia no está en peligro por realizar esta actividad, ni hay seguridad de que nuestro público actual nos humillará, el temor nos previene, nos paraliza o nos hace menos efectivos al dar nuestro discurso. Y así con todas las situaciones de nuestra vida: conozco a varias personas que anhelan establecer una relación de pareja pero algo las detiene, les da miedo lograr su sueño. Otras personas sueñan con poner su propio negocio, pero el temor es demasiado grande: “¿y si fracaso?” Hemos aprendido a temer lo que CREEMOS que es peligroso. Hay personas a las que les da miedo salir de casa; o viajar en avión.

Todo esto establece un patrón de respuesta aprendida de temor que, desgraciadamente, se encuentra fuera de nuestra conciencia. El primer paso es darnos cuenta de nuestros temores.

¿Qué te gustaría hacer pero no te animas porque tienes miedo?

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